domingo, 7 de octubre de 2007

Ante la evidencia y con la mesa puesta

Son casi las dos. Es propio de los habitantes de la casa de mi abuelo que a esa hora y nunca más tarde y nunca más temprano, comamos. Mi abuela descabeza su siesta, la del cura, porque son cinco minutos que le sirven para mantenerse despistada tanto casi como dura una misa. Este fin de semana vuelve a ser diferente de como lo había pensado y ya van cuatro, cinco o un montón. No sé si lo que me frustra más es que sean diferentes o que no se haga lo que yo, con mucho esmero, todo hay que decirlo, había preparado según mi modo y mi manera, como diría mi compañera Rosa. El caso es que son casi las dos y voy a comer, unas patatas fritas hechas con poco esmero, que en eso no lo gasto, y un huevo plantado del revés.
Pensar, lo que es pensar, lo pienso todo como unas cien o mil veces y orgullo, lo que es orgullo me demuestro a mí misma que cada día tengo menos, o que quizá nunca lo tuve y he creído tenerlo durante todo este tiempo. Y, ¿por qué digo esto? Porque he llamado a Matías como seis veces, sin que me descuelgue el teléfono y le he pedido ya como otras dos veces que me llame. Todo, para saber si está bien o mal pero, eso es precisamente lo que él me ha dicho, que no le he preguntado cómo estaba.
Ahora todo el mundo me dice lo de la balanza pero ¿qué peso o qué pesa más para pesarlo? Es lo que me pregunto yo. En fin, voy a poner la mesa y, ante la evidencia dejaré que ocurra lo que tenga que ocurrir. El inminente fin de algo, una historia o lo que sea, que parece que nunca empezó. No pudo ser. Otra vez será pero, a ver si he aprendido algo.