El alivio de la palabra se puede comparar al alivio del silencio. No es fácil dejar de hablar porque es la única forma de mostrarnos al mundo. Tampoco es fácil hablar para hacernos ver tal y como somos.
La historia de Vaya cabeza tiene ya casi una década y, parece que fue ayer cuando estábamos hablando de historias de niños, aunque ahora son historias de otros niños que juegan con la vida a hacerse más niños. Paradojas existenciales que no dejan de sorprender a cualquiera que piensa en un mañana cercano.
Los comienzos siempre son lo más espinoso de una historia; siempre hay que empezar por algún sitio. y siempre que me planteo empezar con lo que he creído que sería el sueño de mi vida, "escribir", empiezo con un final triste, casi luctuoso. No sé a qué se debe.
Otra sensación curiosa es que tampoco quiero que nadie lea esto ni nada, ni siquiera yo misma, aunque las palabras fluyen como ríos por mi cabeza. Por eso, Vaya cabeza. La misma del olvido, la misma para llevar gorra y la misma para lucir pelo.
La continuación
La desilusión hace mella en el tiempo. Desilusión ante los cambios y ante las reacciones. No sé muy bien lo que digo. Ahora quiero enmascarar lo que quiero decir. No quiero que nadie me entienda, solo yo. Por eso, a veces cifro o me cifran los mensajes hasta tal punto que no los entiendo. Individualmente no nos entendemos, ni yo sé cómo ni cuándo ni dónde. Inaudito, desesperante al mismo tiempo.
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