domingo, 20 de mayo de 2007

Romper almas

¿Cuántas veces y de qué manera? No se sabe modo y manera, como dice mi sabia compañera Rosa pero, se rompen. Alguien me dijo ayer que él rompía almas, que a él no se la había roto y me parece cruel para todos. Para la víctima y para el verdugo. No sé qué se siente como verdugo porque nunca lo he sido. Tampoco es que me entusiasme la idea pero, me he acostumbrado a ser felpudo en el que todo el mundo se limpia. Pero creo que se puede evitar, todo se puede evitar como queramos, salvo injusticias insalvables. Pienso que pierdo la vida en algo que no tiene nada que ver conmigo, pienso que ni siquiera tengo vida, no es mía. Parezco sumida en un absurdo como tantas y tantas otras personas pero, ellas ni siquiera la ven. Ahora mi absurdo tiene que ver con las oraciones, con el tipo de oraciones y con lo absurdo de la poca reflexión que tenemos cuando se trata de cualquier tema que no sea dinero. Ja ja ja.

viernes, 18 de mayo de 2007

Buscando a la chica de ayer

La música supone un reencuentro, una rememoración, una vuelta al pasado. Ayer retumbaba en mi cabeza una canción con la que soñé y me ilusioné con muchas historias en el pasado. Se trata de La chica de ayer, de Nacha Pop. ¡Qué tiempos tan felices y tan ingenuos! Ahora creo entender muchas de las explicaciones que nos daban cuando queríamos ser mayores. Esa chica de ayer ya nunca volverá. Nada volverá a ser igual pero, la vida sigue y es imposible detenerse. A medida que crecemos, también la vida parece ir más rápido, se nos escapa todo de nuestras manos. Es lo mismo que cuando te ves envuelta en una relación tormentosa de la que no sabes cómo salir pero en la que tampoco quieres estar aunque parece que nada depende de ti en ningún caso y en ningún momento. Dichoso hado de la fortuna.

jueves, 17 de mayo de 2007

Seguir caminando por una senda abierta

Seguir caminando sin rumbo, por una senda abierta entre la maleza. Esa es la vida que nos planteamos la mayoría, aunque por el momento, no tengo maleza a mi alrededor. Hace ya algún tiempo que he superado la que creo que es la crisis más importante de mi vida. Ahora tengo otras, qué duda cabe, pero esa crisis o esa tormenta en la conciencia me acompañará eternamente. Nunca se sabe hasta qué punto somos o no responsables de la vida de los demás, si esos demás están incapacitados. Ahora, la duda que me asalta, como siempre, y como rezaba mi columna en el periódico (recuerdo Abierto a la duda) es si el abandono de unos justifica que abandonemos. No sé. Me consuela pensar que sí es así pero, cada uno decide y no se sabe cuándo nos equivocamos.
Con este tema puedo resultar extremadamente pesada porque es algo a lo que le doy continuamente vueltas, sin llegar nunca a tener una respuesta clara. Puede que muera pensando en que, por un lado lo hice mal pero, por otro, lo que hice o, mejor, lo que no hice tiene su justificación. En fin, vidas absurdas.
Hay etapas que parecen pasar sin más y parecen ser representativas de la felicidad cuando ya han pasado definitivamente, a toro pasado, como se suele decir. Creo que estoy viviendo una de ellas aunque no consigo liberarme de las fobias de siempre. Una de ellas y, muy importante, cuando llego a un sitio, quiero irme en un momento dado y no sé demasiado bien por qué. Es como si me estuvieran asfixiando, el corazón me late muy fuerte y necesito retirarme de todos. A veces, sin motivo y otros creo que se debe a que quiero que se haga algo pero no soy capaz de decirlo con buenas palabras y buenas formas. Será cuestión de familia pero, yo no grito ni pataleo. Puede que sea entonces conveniente. En fin, no seré tampoco la única porque puede que haya gente que se encuentre como yo, queriendo huir de algo o de alguien aunque esté pasando un buen momento.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Un comienzo inesperado

El alivio de la palabra se puede comparar al alivio del silencio. No es fácil dejar de hablar porque es la única forma de mostrarnos al mundo. Tampoco es fácil hablar para hacernos ver tal y como somos.
La historia de Vaya cabeza tiene ya casi una década y, parece que fue ayer cuando estábamos hablando de historias de niños, aunque ahora son historias de otros niños que juegan con la vida a hacerse más niños. Paradojas existenciales que no dejan de sorprender a cualquiera que piensa en un mañana cercano.
Los comienzos siempre son lo más espinoso de una historia; siempre hay que empezar por algún sitio. y siempre que me planteo empezar con lo que he creído que sería el sueño de mi vida, "escribir", empiezo con un final triste, casi luctuoso. No sé a qué se debe.
Otra sensación curiosa es que tampoco quiero que nadie lea esto ni nada, ni siquiera yo misma, aunque las palabras fluyen como ríos por mi cabeza. Por eso, Vaya cabeza. La misma del olvido, la misma para llevar gorra y la misma para lucir pelo.
La continuación
La desilusión hace mella en el tiempo. Desilusión ante los cambios y ante las reacciones. No sé muy bien lo que digo. Ahora quiero enmascarar lo que quiero decir. No quiero que nadie me entienda, solo yo. Por eso, a veces cifro o me cifran los mensajes hasta tal punto que no los entiendo. Individualmente no nos entendemos, ni yo sé cómo ni cuándo ni dónde. Inaudito, desesperante al mismo tiempo.